La estrella polar de la existencia humana

La vida es la gran oportunidad que se nos ofrece para aprender a amar. Hemos venido a este mundo, exclusivamente, para aprender a amar, la felicidad es la consecuencia

Aprender a amar

Llamo “estrella polar de la existencia humana” a la que considero la respuesta más certera sobre el sentido de nuestra vida: 

Por eso, a la célebre afirmación de san Juan de la Cruz respecto al atardecer y el amor me gusta añadirle el adverbio que lleva implícito: “al atardecer se te examinará solo en el amor”.

La felicidad, por su parte, es directa y exclusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en hechos:

Hemos venido a este mundo, exclusivamente, para aprender a amar (la felicidad es la consecuencia).

La gran oportunidad

La vida es, por eso, no tanto la “prueba”, sino 

La vida es la gran oportunidad que se nos ofrece para aprender a amar.

Negativamente

Las derivaciones de tomarse absolutamente en serio “la estrella polar” (¡solo! para aprender a amar) son de dos tipos.

Negativamente implica que todo lo que no convirtamos en amor, por más que esté realizado con la máxima perfección técnica, es inútil o dañino.

Todo lo que no transformemos en amor es inútil o dañino.

Positivamente

Las consecuencias positivas son mucho más interesantes y aprovechables. 

Todo lo que hemos de hacer en esta vida se resume en dos líneas convergentes, que a menudo se entrecruzan: 

Más y mejor

Tenemos que amar a todas las personas, cada una de ella “principio y término de amor”. 

Pero ordenadamente.

El “orden” viene dado por la cercanía, no tanto física, sino relacional. 

Y como en el ser humano los vínculos de la libertad son superiores a los de la sangre, para quienes estamos casados el primer y más relevante “término” de nuestro amor es siempre —¡debe ser!— nuestro cónyuge.

A continuación, el resto de la familia, los amigos, los colegas, los vecinos… todo ser humano.

El primer y primordial término de nuestro amor es, para los casados, nuestro cónyuge.

¿Todo transformado en amor?

La respuesta parece obiva: todo lo legítimo (lo no-legítimo no debería ser hecho).

Pero no todo por igual. 

El descanso, por ejemplo, puede y debe ser transformado en amor: tenemos el deber de descansar, siempre que sea posible, porque las personas a quienes queremos nos necesitan descansados: por ellas, por tanto, por amor.

Y lo mismo el deporte, la comida y la bebida, los paseos… todo lo legítimo.

La sexualidad y el trabajo están en otra línea: por su misma naturaleza, son amor, y cuando no las realizamos por amor, las desnaturalizamos, las prostituimos.

La sexualidad y el trabajo son dos excepciones… “por exceso”.

La sexualidad

La sexualidad es un medio maravilloso para despertar, consolidar, desarrollar, madurar, hacer fecundo, y en ocasiones “reparar” o “recuperar”… el amor entre un varón y una mujer, considerados como tales.

Por eso:

Precisamente por su enorme grandeza, por su inmensa capacidad de perfeccionar, al privarla de su relación intrínseca con el amor, la sexualidad destroza: la corrupción de lo óptimo es pésima.

Porque constitutivamente es amor, cuando se respeta su naturaleza la sexualidad goza de una maravillosa capacidad de perfeccionar y hacer feliz. Ejercida al margen del amor, destroza.

¿Y el trabajo?

También “está muy cerca” del amor. Es, por su misma naturaleza, amor: “el incógnito del amor”, como lo denomina Grimaldi.

Y con razón.

Según Aristóteles, amar es “querer el bien para otro”.

Y quererlo lo más eficazmente posible: “construir” esos bienes y otorgárselos al amado.

Pero trabajar no es sino confeccionar bienes para otros (y, por lo mismo, amar). 

Ningún trabajo queda justificado-legitimado sólo por las ganancias que genera.

Por el contrario, si trabajamos bien, metiendo cabeza y corazón,

De ahí, de su identidad real con el amor, el tremendo poder perfeccionador del trabajo.

Y, por lo mismo, realizado al margen del amor, desnaturalizado o prostituido, destroza y frustra. 

Más, cuanto más se trabaje y mayor sea la perfección técnica con que se realiza esa labor: 

Por su intrínseca relación con el amor, el trabajo tiene un enorme poder de perfeccionar. Pero, realizado al margen del amor, deshace y frustra.

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