En la vida hay sufrimientos

La verdadera calidad de vida está en saber vivir la vida con calidad. Parece una paradoja, pero aquí está la clave para entender cuál es la verdadera esencia de la vida: el sufrimiento es redentor porque sana. Y sólo así se alcanza una vida plena.

Nos engañan haciéndonos creer que la vida es todo un camino de rosas. Que en la vida hay que buscar el bienestar cueste lo que cueste. Que tenemos que vivir felices siempre.

Por eso buscamos y buscamos llenar nuestros días con emociones, con cosas que nos hagan sentir bien, que nos den placer… cada cual en lo que tiene a mano: el deporte, los juegos, las series de televisión, la pornografía, el fútbol… El caso es que hay que divertirse como sea, pues, en caso contrario, da la sensación de que la vida no tiene sentido.

Y verdaderamente es así. Así para aquellos cuyas vidas tiene un sentido tan sólo centradas en su ombligo, en su yo. Su mundo gira en torno a sus intereses materialistas, envueltos de un egoísmo que surge espontáneo cuando somos incapaces de salir de nosotros mismos.

Si por un instante dejan de buscar esas satisfacciones, se topan de frente con la cruda realidad y pueden cometer el enorme error (según ellos) de pararse a pensar.

Pensar sobre sí mismos, sobre sus vidas, sobre aquello que hacen o dejan de hacer. Pensar sobre el sentido, al fin y al cabo, de su existencia.

Entonces esa realidad les abre un horizonte nuevo del que siempre han intentado huir: sufren. Sí, tienen heridas que duelen y que obsesivamente tratan de ocultar y cubrir con el bienestar y el placer.

Pero en la vida hay sufrimiento, hay dolencias… y también está la muerte como una etapa natural de nuestra existencia, que para los creyentes nos supone el principio de otra vida… la Vida Eterna.

Por esto, en nuestras sociedades tan sumergidas en el estado de bienestar, no tienen cabida los enfermos, los ancianos y los indigentes. Son improductivos en un mundo que antepone la calidad de vida

Sin embargo, la “calidad de vidano ha de suponer ausencia de malestar, dolor, enfermedad física o psicológica.

Se olvidan de un dato sumamente relevante: todos, absolutamente todos, gozamos de igual dignidad.

La verdadera calidad de vida está en saber vivir la vida con calidad. Parece una paradoja, pero aquí está la clave para entender cuál es la verdadera esencia de la vida: el sufrimiento es redentor porque sana. Y sólo así se alcanza una vida plena.

Cuando una persona se enfrenta a una situación de sufrimiento puede ser una oportunidad para que crezca en valores y virtudes. Para que se acerque más a Dios. Puede ser un camino para fortalecerse más interiormente.

Porque el sufrimiento ayuda a madurar. A ver la vida desde el punto de vista real, sin máscaras, sin tonterías. El sufrimiento aumenta la voluntad, la esperanza, el esfuerzo y hasta la empatía. Aumenta la resiliencia, la capacidad de afrontar con fortaleza los acontecimientos, sin tirar la toalla, sin desistir frente a la primera ola de la tormenta.

Y qué decir cuando ese sufrimiento es producido por amar: amor hacia el esposo, la esposa, los hijos. Amor y servicio hacia el padre mayor que está enfermo, en el hospital, por esa tía que necesita consuelo y compañía. Amor y entrega por los hijos que quitan horas de sueño, que te roban la juventud…(aunque la juventud se lleva por dentro).

Ese sufrimiento por amor es profundamente enriquecedor: nos enseña a amar de verdad. La vida incluye sufrimiento, pero agarrados a Cristo cobra un sentido nuevo, que nos acerca más a nuestra verdadera meta: el Cielo. Sólo la Paz que Él nos regala podrá ayudarnos a vivir de otra manera los obstáculos y los momentos de dolor.

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